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He amado hasta llegar a la locura , y eso que llaman locura, para mí, es la única forma sensata de amar. Françoise Sagan

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01/11/2007 He amado hasta llegar a la locura , y eso que llaman locura, para mí, es la única forma sensata de amar. Françoise Sagan


Lo que voy a decirte sé que lo sabes pero aún así quiero que lo escuches una vez más.Te amo y sigo tan enamorada de ti como de la vida y por ello te transcribo este artículo, porque no quiero que te pierdas estas magníficas observaciones ni estos momentos por falta de tiempo para leer y conversar conmigo.
Sufro pensar que el artículo pueda terminar en la basura y pasar inadvertido para ti como para todos aquellos seres a los que el ritmo de vida les roba un tiempo precioso de lectura.

Pensamientos extraídos de un artículo de J.A.Marina “Monet y el Detective” posiblemente del XLSEMANAL
“Por la ventana veo el Prunus que ha florecido estrepitosamente, como siempre. En su afán de apresurar la primavera, las flores adelantan las hojas, y se adueñan del árbol. Sólo veo sus enjambres rosados, en torno a las ramas oscuras”.
Mi mirada se vuelve al interior. Estoy tomando un whisky. Tengo frente a mí un vaso con licor, agua y unos cubitos de hielo. Me sorprende la belleza del espectáculo. El cristal brilla, aparece y desaparece, es blanco, luz, gris, incoloro. Su fulgor rachea. A mis años, no me he acostumbrado todavía al prodigio del cristal, a su aire limpio de manantial detenido, a su riguroso anonadarse para dejar ver. Diáfano significa eso: lo que permite que la luz alumbre a través suyo. En el agua dorada, los trozos de hielo imitan al cristal, con su transparencia consistente, y fragmentan el color. El vaso está ligeramente empañado, anublado, neblinoso.
Los pintores impresionistas - y en especial Monet, nos han enseñado a mirar. En su época se los comparaba con los detectives. Andaban husmeando por las calles y descubrían espectáculos, colores, encuadres interesantes en cualquier esquina. Estaban allí, al alcance de todos, pero sólo ellos los veían. Esto me recuerda la respuesta de un colega mío, Sherlock Holmes, dio a Watson, cuando éste le reprochó con envidia que fuera capaz de ver cosas invisibles. “Invisibles no, Watson, sino inobservadas. Usted no supo donde mirar y por eso se le pasó por alto todo lo importante. Si yo lo he descubierto es porque lo andaba buscando”. He aquí una enseñanza utilísima. Hay una mirada inerte, pasiva y aburrida, que se deja llevar por la rutina, y pasea lánguidamente por las cosas como un caracol. Y hay miradas inventivas, descubridoras, iluminadoras. La actitud acaba creando el fenómeno. Monet quiso buscar las variaciones que la luz provocaba en las cosas. Al final llegó a la conclusión que el paisaje no existía, que cada cambio de color alumbraba un paisaje nuevo, y vivió maravillado por esa emergencia incesante de realidad. Por eso pintó una y otra vez, durante más de treinta años, el mismo paisaje: los nenúfares de su jardín. Le parecieron continuamente bellos.
En la vida diaria todos nos enfrentamos con la repetición, que es el pantano en que nos empantanamos. El perspicaz Séneca lo describió con desesperanza: “¿Hasta cuándo las mismas cosas? Me despertaré, me dormiré, tendré apetito, me hartaré, tendré frío, tendré calor? No hago nada nuevo, no veo nada nuevo, a fin de cuentas, esto da náuseas. Muchos son los que piensan que no es ácida la vida, sino superflua”.
No es posible una opinión más radical: Séneca el aburrido contra Monet el deslumbrado”. “La raza de los rutinarios y la raza de los descubridores. Nos conviene aprender de los maestros del mirar creador”. Mi reproche a los clásicos españoles es que estaban muertos de tedio y de escepticismo. “Todo lo cotidiano es mucho y feo”, gemía Quevedo, y Gracián, otro aburrido escribió…Esta es la ordinaria carcoma de las cosas. La mayor satisfacción pierde por cotidiana, y los hartazgos de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio”. Hay estados afectivos, por ejemplo, el enamoramiento, que reciben su encanto, precisamente, de que dotan de novedad a lo permanente: todo resulta nuevo, interesante y desacostumbrado. Después, la desidia uniforma todo y acaba haciéndolo insoportable.

“Encuentra bello todo lo que puedas” decía en conmovedor Van Gogh. ¡Qué buen consejo! Para seguirlo, quiero aprender de los impresionistas su entusiasta manera de mirar el mundo. Su capacidad de encontrar interesante casi todo lo que ven. Los creadores han sabido siempre renovar su mirada.
Neruda mira una cebolla ¿Y qué ve? Un poema:“Oda a la cebolla”
Cebolla,
luminosa redoma,
pétalo a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal te acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.
Bajo la tierra
fue el milagro
y cuando apareció
tu torpe tallo verde,
y nacieron
tus hojas como espadas en el huerto,
la tierra acumuló su poderío
mostrando tu desnuda transparencia,
y como en Afrodita el mar remoto
duplicó la magnolia
levantando sus senos,
la tierra
así te hizo,
cebolla,
clara como un planeta,
y destinada
a relucir,
constelación constante,
redonda rosa de agua,
sobre
la mesa
de las pobres gentes.

Generosa
deshaces
tu globo de frescura
en la consumación
ferviente de la olla,
y el jirón de cristal
al calor encendido del aceite
se transforma en rizada pluma de oro.

También recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada,
y parece que el cielo contribuye
dándole fina forma de granizo
a celebrar tu claridad picada
sobre los hemisferios del tomate.
Pero al alcance
de las manos del pueblo,
regada con aceite,
espolvoreada
con un poco de sal,
matas el hambre
del jornalero en el duro camino.
Estrella de los pobres,
hada madrina
envuelta
en delicado
papel, sales del suelo,
eterna, intacta, pura
como semilla de astro,
y al cortarte
el cuchillo en la cocina
sube la única lágrima
sin pena.
Nos hiciste llorar sin afligirnos.
Yo cuanto existe celebré, cebolla,
pero para mí eres
más hermosa que un ave
de plumas cegadoras,
eres para mis ojos
globo celeste, copa de platino,
baile inmóvil
de anémona nevada
y vive la fragancia de la tierra
en tu naturaleza cristalina.
Todos ellos son detectives de lo hermoso escondido, de lo sorprendente oculto por nuestro desánimo. Descubrieron las huellas de la novedad y de la belleza en las cosas cotidianas, y deberíamos agradecérselo.