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Mis abuelos maternos, Teresa Marangoni y Carlos María Agüero

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22/01/2007 Mis abuelos maternos, Teresa Marangoni y Carlos María Agüero


"Rincones de Memoria"

Cuando la nostalgia nos hace mirar atrás, hacia el pasado, suelo reencontrarme con aquellos rincones de mi casa paterna, tan queridos y añorados por el alma y la memoria, rincones donde vertí miles de risas, miles de lágrimas, rincones complacientes que con sus ecos me devuelven las voces, los cantos, los ruegos y las oraciones y algunos retales de vida buena
y mala que han quedado para siempre en ellos atrapados.

Rincones tienen las casas, rincones tienen las almas, rincones mudos, lejanos que esconden y callan cual cómplices silenciosos, secretos e inquietudes. Rincones que orgullosos atesoran tertulias familiares y notas musicales. Rincones vanidosos que reclaman como suyos el retorno de sus entrañables habitantes. Rincones que protegen nuestras frágiles alas de mariposa; rincones donde se refugian los miedos y fantasmas, rincones amables que nos consuelan con imágenes afectuosas, vivos colores y aromas de otros tiempos, de otras etapas. Rincones donde anidad la inocencia, el espíritu de libertad, los testimonios de fe y los sueños de ser escritor y filósofo. Rincones donde una parte del alma todavía ilusionada entreteje con ternura proyectos grandes y pequeños con los que contribuir a la historia propia y del mundo, rincones donde mi esperanzado espíritu intenta mitigar el dolor de las pérdidas de seres queridos y las inevitables desgracias humanas donde el alma triste y apenada enmudece ante tantas injusticias y sufrimientos innecesarios; rincones donde mis sentimientos se exasperan aún más cuando desesperados contemplan en nuestros semejantes la falta de dedicación y entrega; rincones donde la voluntad inquebrantable, desolada reivindica el valor de los derechos y la igualdad entre los hombres, rincones donde el alma avergonzada de la condición humana busca refugio en la razón, en la lógica o en el sentido común. Mi corazón y mi rostro incrédulo palidecen ante el horror de las guerras y el hambre.

Rincones donde mi atrevida alma desnuda mis más oscuros y sinceros pensamientos; y evidencia las denuncias de mis olvidadas metas, de mis olvidados sueños que mi torturada conciencia se plantea en busca de mayor responsabilidad y compromiso, asumiendo que el miedo es el gran enemigo oculto al que aún no he enfrentado ni vencido.

Como eternas tumbas solitarias, silenciosas permanecen estos rincones, a veces olvidados, oscuros como las noches cerradas, inminentes como el alba, los que celosos guardan tiernos recuerdos de infancia. Rincones que tristes lloran ausencias y abandonos. Rincones melancólicos que hablan de desvelos y esperanzas, de dichas y frustraciones, de proyectos inalcanzables, utópicos y de sueños truncados, irrealizables.

Frente a estos rincones, testigos insobornables que no consienten la desmemoria, es donde el alma pura y noble debate a diario los conflictos surgidos de pensamientos reaccionarios intentando en vano ocultarlos en las profundidades del abismo de la memoria o en borrar las huellas que año trás año van dejando bajo esa cubierta de teleraña y polvo en ese espacio irrecuperable llamado tiempo.

Todos tenemos algo demoníaco en nuestro interior, ojalá no llegue nunca la maldad a ejercer ninguna hegemonía sobre la voluntad de ser nobles, bondadosos, honestos y amorosos. Pobre del hombre que tenga que lamentar este pensamiento de Goethe y también mío (porque cuando examinaba mi conciencia sabía cuan imperfecta era)- "Lo peor que le puede pasar a un hombre es llegar a pensar mal de sí mismo" Goethe

Así es como en estos rincones, el espíritu afligido, furioso, torturado, impotente contempla el inexorable paso y deterioro que el tiempo acusa sobre los pasos más certeros o equívocos.

Son mis rincones preferidos los que caprichosos añoran hacerme revivir el eco de nuestras risas y voces, las alegrías de nuestros logros, los gritos de nuestras peleas, el llanto de nuestros desengaños, la torpeza de nuestras ofensas, la ternura de nuestras disculpas, el trato cotidiano y amable con mis padres y hermanos, la pureza de nuestros ideales, la firmeza de nuestras promesas, los valientes argumentos que provocan la fortaleza de nuestros espíritus, la calidez de nuestros abrazos, la dulzura y peso de nuestras palabras, la importancia de su contenido, el entendimiento, el amor, el cariño, la tolerancia, el respeto, en fin rincones nostálgicos que surgen sedientos de remembranza y que hablan de muñecas de papel y trapo, de títeres, de libros, de cuentos y poesías, de juegos y de cantos.

Rincones que embriagados buscan sabores, aromas, olores, perfumes y fragancias que me recuerdan a rosas, a jazmínes, a violetas; a césped recién cortado, a lluvia, a tierra húmeda, a café tostado, a pan caliente, a miel, a mantequilla y a torta de chocolate con nueces.

Cada instante tiene un rincón en el alma, cada momento tiene un rincón en la memoria, todos esos rincones anidan para siempre en el corazón de un hombre hasta el final de sus días; y es allí donde permanecen intactos y allí donde laten con vida propia, para recordarnos todo cuanto evoca y añora ese espíiritu inquieto, a veces perdido sin rumbo y otras veces melancólico y solitario que vaga durante largas horas abrumando nuestras almas de tristeza y vacíos angustiosos.